Natural de Barcelona, en la navidad anterior al nacimiento de los Beatles. Testigo de un Viladecans con mansiones, enormes masías rodeadas de campos infinitos de agricultura, o eso me parecía a mi cuando era pequeño, y ya no tanto en mi adolescencia cuando la especulación del ladrillo nos empezó a invadir, y todo el encanto campestre pasó mejor vida, (mas bien a peor vida). Testigo en blanco y negro de la llegada del hombre a Luna, aunque hay quienes dicen que fué mentira… pero yo me lo creí y me lo sigo creyendo.

Fotografía del pintor Pepe Linares

En cambio en los reyes magos no creí nunca. En el  colegio, para mi solo existía una asignatura: El  dibujo y la pintura. La pintura y el dibujo….y así,  hasta el infinito…..¡bueno!, tanto como hasta el  infinito….NO, porque un buen día decidí abandonar  los pinceles, tras muy escasas incursiones en la  pintura, para sentar cabeza, y dedicarme a algo serio,  de provecho, lejos de la bohemia artísticas y  demás sueñecitos. Estudié electrónica, luego contabilidad para llevar el comercio de mi padre…descargué camiones en un supermercado. Intenté ser un hombre de bien, pero el resultado no pudo ser mas catastrófico, porque siempre hubo dentro de mi un artista, a modo de “Alien” pataleando por salir como un bebé dentro del vientre de su madre. Un buen día, el destino, (si es que existe tal cosa), me encauzó para derivarme a un taller de artistas donde entré como aprendiz.
Y digo que fue el destino, porque la oportunidad no surgió en una escuela de artes, como sería de lógica, sino en una gimnasio, donde por casualidad conocí un pintor veterano que iba a mantenerse un poquito en forma, y este me dio una dirección en la que podía trabajar de pintor. Lo curioso, es que este taller estaba lleno de señores y señoras de bien, padres de familia, ¡con hipotecas y todo!. ¡Descubrí para mi sorpresa que los artistas no son unos bohemios!, ni se mueren de hambre, y todas esa gilichorreces que todo el mundo repite como loros.